El Sacrificio

Solo por tener talla grande, sabía que estaba a salvo de los deseos caprichosos del Emperador, Hijo del Sol.

Como cada mes, uno de sus Embajadores estaba recorriendo la fila de muchachas de la aldea para llevarse a La Elegida a la Ciudad Dorada.

Todas tenían la mirada aterrorizada y temblaban en su liviana delgadez. A pesar de todas las veces que la insultaron y se rieron de ella por su figura oronda, Asiri les perdonó su crueldad y sintió una pena infinita por ellas: todas acabarían en el fondo del volcán hasta que el Emperador tuviera un descendiente varón.

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