El Ascensor (II)

El ascensor llega al sexto piso precedido por el chirrido de cables mal engrasados y el eco de la fricción metálica de las poleas. Se abren las dobles puertas y David sube impaciente: llega tarde a la reunión con su cliente más importante. Pulsa el botón del primer piso y contiene la respiración al sentir un pequeño temblor: el ascensor está bajando.

Con un ruido ensordecedor, el ascensor se descuelga, se inclina, araña las paredes del hueco vertical y se detiene dejando un silencio infinito y a David encogido en un rincón con los ojos desencajados. Intenta estirarse para alcanzar el botón rojo de “emergencia”, pero la cabina cede otro poco y David se queda paralizado.

Se desplaza muy despacio, midiendo cada paso para que el ascensor no se mueva. Se lo imagina en un equilibrio inestable al que cualquier pequeño movimiento puede alterar de forma catastrófica. Consigue pulsar el botón de emergencia, pero no suena ninguna alarma. En su desesperación, lo aprieta tan fuerte con el dedo que lo hunde, pero no recibe ninguna respuesta.

David grita pidiendo auxilio, golpea las paredes, se destroza los dedos intentando abrir las dobles puertas, pero solo el eco le devuelve la réplica. Los minutos se convierten en horas y las horas en eternidad.

Se sienta en un rincón, abrazando su maletín de cuero. Se encoge dentro de la chaqueta: hace frío. De su boca salen nubes de vaho y el espejo se ha empañado. David tirita y se frota las manos para entrar en calor. Un chasquido rompe el silencio: el mecanismo de las dobles puertas se ha congelado.

David se levanta temblando de miedo y frío. Mete los dedos entre las dos puertas y consigue que cedan lo suficiente como para deslizar su cuerpo entre ellas y escapar de su prisión.

La visión es desoladora. Los edificios de su ciudad se han convertido en esqueletos de hormigón y acero, que muestran sus entrañas vacías. El cielo lo cubren unas inmensas nubes negras impermeables a los rayos de sol. La temperatura desciende por momentos y todo está cubierto ya por una capa de brillante escarcha. Si no fuera por el silencio asfixiante, David diría que es hasta bonito.

En la lejanía se ve un resplandor y un hongo nuclear se eleva hasta el cielo. Se le llenan los ojos de lágrimas y David empieza a caminar hacia la nada.


El ascensor llega al primer piso precedido por el chirrido de cables mal engrasados y el eco de la fricción metálica de las poleas.

Se abren las dobles puertas y su interior exhala un aire mohoso de reliquia putrefacta.

El espejo está empañado por el frío y en el suelo solo queda un maletín abierto del que escapan algunos documentos:

“Contrato para la fabricación y pruebas de seis cabezas nucleares”.

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