La Duquesa

─Sígueme mirando ─murmura el condenado a muerte.

Son sus últimas palabras.

Sus vecinos se arremolinan a los pies del patíbulo para presenciar el espectáculo, pero él sólo tiene ojos para su Duquesa, que le mira impasible. El verdugo le pone la soga al cuello. El reo mira el cielo por última vez y de un salto se hunde en los ojos grises de su amada.

La Duquesa no pierde la compostura y abre su abanico de encaje sin que le tiemblen las manos. Mira a su amante, colgando del cuello roto.

“¿Habrá suficientes rosas para el baile de esta noche?”.

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