El Jardinero

El anciano encontró la llave en el primer peldaño, junto a las botellas de leche fresca. Se agachó sin prisa. Podía sentir sus huesos curvándose bajo el peso de los años amontonados sobre ellos. Recogió la ajada llave del suelo y la puso en el bolsillo izquierdo de su camisa, junto al corazón.

Cronos maulló lastimoso pidiendo su desayuno. El anciano tomó las dos botellas de cristal y fue hasta la cocina, donde la tetera silbaba como un faro en la noche, exhalando vapor para anunciar que el agua ya estaba lista. Vertió leche en el plato del felino y se preparó su acostumbrado té con miel en una de las delicadas tazas inglesas de su amada Anna. Un buen sorbo caliente era bastante para despertar su cuerpo y avivar los recuerdos. Cuánto la echaba de menos. La enfermedad se la había llevado hacía más de un año, pero aun podía sentir su presencia junto a él. Algunas veces, hasta le parecía oler su tarta de manzana recién hecha enfriando en el alfeizar o escuchar su voz cantarina mientras cuidaba de las flores del jardín.

El gato se frotó contra sus piernas para recordarle que tenían un largo día por delante. Posó la taza sobre la mesa y cogió sus útiles de jardinería. Paseó entre las fragantes rosas, los elegantes lirios y los alegres narcisos, buscando el lugar perfecto. Eligió un claro entre las fresias y cavó un agujero con esmero, sin prisa, como lo hubiera hecho Anna. Sacó la llave del bolsillo, acarició la herrumbre acumulada en ella durante años con sus dedos manchados de tierra húmeda y la enterró con delicadeza. Se preguntó qué flores nuevas germinarían de aquella semilla, de aquella vida plena.

Se sacudió la tierra de los pantalones y miró las dulces flores del almendro. Un suave tintineo le descubrió a Cronos jugando con una llave blanca. Le gustaban tanto los niños. El anciano suspiró con amargura. A pesar de los años que llevaba encargado de cuidar el jardín, no se acostumbraba a las llaves blancas.

La cubrió con sus manos con infinita delicadeza. Acercó los labios y exhaló su cálido aliento de vida en el interior de la concavidad. Una golondrina pio asustada y asomó la cabeza entre los dedos del anciano. El gato se acercó a olerla con curiosidad. El viejo abrió las manos y el pájaro voló con torpeza para posarse en la rama del roble. Algunas aves se quedaban en el jardín para siempre y otras, sencillamente, decidían volver porque se habían ido antes de tiempo.

El anciano se sentó en el porche para admirar la armoniosa belleza del jardín. Cronos se tumbó a su lado para que le acariciara la cabeza y ronroneó meloso con los ojos entrecerrados. La golondrina levantó el vuelo, dio un par de vueltas en el cielo y desapareció entre las nubes. El viejo milenario sonrió con esperanza y deseó que solo volviera al jardín cuando fuera una llave vieja.

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