El Laberinto

Entró en el laberinto con las manos desnudas, sin armas ni hilo.

En el corazón del dédalo se abrió un abismo que la atraía a sus profundidades como un imán. Se detuvo en el mismo borde sobre la punta de sus pies, en un frágil equilibrio. Sintió las tinieblas penetrando por los poros de su piel y turbando su mente. Se llevaron el dolor y dejaron un remanso de paz.

Una liviana brisa le rozó la mano y le trajo el recuerdo de otros dedos acariciándola. La sima aulló al saberse vencida. Ella sonrió y supo que encontraría la salida.

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