Café Frío

 

Sobre la mesa de mármol de la cafetería de siempre. La suya. La de los besos cómplices, los susurros al oído y las manos entrelazadas bajo la mesa.

“Ingrata”.

Valeria se levanta sin prisa. El tiempo se detiene para ella. Para que se acomode la falda en las caderas y se aparte ese mechón de pelo de los ojos. Coge su bolso y se marcha sin levantar la vista, sin mirarle.

“Egoísta”.

Cada paso que la aleja resuena en el pecho de Eric como un mazo golpeando los clavos de su propio ataúd. Da un sorbo al café frío.

“Perdóname”.

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