El Ascensor (III)

El ascensor llega al quinto piso precedido por el chirrido de cables mal engrasados y el eco de la fricción metálica de las poleas. Se abren las dobles puertas y ahí está: es él.

No puedo creer lo que ven mis ojos y, por su expresión de inmenso espanto, él tampoco.

Es como contemplar mi propio reflejo: idénticas facciones, barba de tres días, el mismo cuerpo, ¡hasta la forma exacta de caminar! Lo único distinto es el pelo. El mío se descuelga de mi cabeza descolorido y sin vida; mientras que mi doble todavía mantiene su cabellera negra, igual a la mía antes de…

¿Antes de qué?

 

Ni siquiera recuerdo cómo llegué a la cabina de este ascensor. Estaba en la cola de la panadería, disfrutando del aroma a bizcochos recién hechos y mi hijo –ay, mi hijo– tirándome del brazo y repitiendo sin parar que le comprara una chocolatina.

El periódico se cayó al piso.

Sí, eso es. El dolor me atravesó el brazo como advertencia inminente de que algo iba mal. No pude sostener el diario y el perro atado en la puerta de la tienda ladraba sin parar al tiempo que me estallaba el corazón. Antes de alcanzar si quiera el suelo, los diablos sin rostro surgieron de las entrañas de la tierra, apestando a azufre y muerte. Me apresaron con sus zarpas de bestias inmundas y me arrastraron al pozo del fin del mundo, donde los gritos eternos de los condenados resuenan hasta el día del juicio.

En el viaje a través del túnel de la desesperación, mi piel y mi pelo perdieron su color original y se tornaron en gris mortecino, preludio de que la carne de mi cuerpo iría consumiéndose en lenta agonía. Me llevaron ante un Demonio Mayor, quien me esperaba sentado en la cumbre de una montaña de cráneos. Apenas me miró desde su privilegiada posición y estalló en cólera.

Si pensaba que ya no podría ver nada peor, me equivoqué. Su ira arrasó parte de las paredes del pozo, las almas convictas aullaron y los pobres diablos que me aprisionaban abrieron sus garras e intentaron huir, mas el Demonio Mayor los aplastó con una sola de sus colosales manos.

Cerré los ojos con tanta fuerza que sentí los globos oculares a punto de explotar. Me taponé los oídos con las manos hasta pitar de dolor. El Demonio Mayor me atrapó con sus dedos deformes y me levantó del suelo con hastío. Abrió sus alas y ascendió desde el inframundo hasta que empecé a sentir aire fresco en mis pulmones. Me dejó caer y choqué contra este suelo. Solo entonces me arriesgué a mirar dónde estaba y, agazapado entre sus titánicas piernas, me descubrí en este ascensor.

Y al abrirse las puertas: él.

Soy yo mirándome a mí mismo, en un edificio que no conozco, junto a una mujer quien apenas consigue cubrir con su pañuelo los moratones de la cara. Soy yo, pero él no es yo. Desde aquí siento su ira incontrolada, su prepotencia y su odio, que se han evaporado al ver al Demonio.

Tú sí eres el que busco

Dice con su profunda voz inhumana emergiendo de una garganta abisal.

De una patada me saca del ascensor, arrastra a mi doble al interior de la cabina y las dobles puertas se cierran de golpe antes de darle tiempo a gritar.

 


 

El ascensor llega al primer piso precedido por el chirrido de cables mal engrasados y el eco de la fricción metálica de las poleas.

Se abren las dobles puertas y su interior exhala un aire dulce con aroma a pan recién hecho.

En otra ciudad lejana, un corazón moribundo vuelve a latir. Un hombre al que el pelo se le ha vuelto cano, yace en el suelo de una panadería. La gente le rodea y hablan muy deprisa, no les entiende. Una ambulancia viene ya de camino. Entre la multitud, un niño de cinco años de grandes ojos castaños y mirada inocente le abraza con fuerza.

 “Ya no quiero una chocolatina.

Te quiero a ti, papá”

 

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