La Tienda de Cometas

La oxidada campana apenas tintinea al abrirse la puerta del modesto negocio. Su octogenario dueño permanece absorto en la tarea hasta dejar bien firme la brida de la cometa que está reparando. Acaricia su vela amarilla y se quita las gafas.

Un hombre muy serio observa el género expuesto con mirada escéptica y un niño de unos seis años se esconde tras él al ver al viejo salir de la trastienda.

—Buenas tardes, venimos a mirar una cometa para el chaval.

El dependiente asiente.

—Mire todo lo que quiera, no tenga prisa —le guiña un ojo al chico—. Es importante elegir bien.

El padre y su hijo pasean entre las hileras de cometas: de diamante, de punta arqueada, hexagonal, de serpiente, delta, de dos hilos, de tres, rojas, azules, verdes, amarillas… El niño las mira maravillado, sin atreverse a tocarlas.

Aqilon, el cordial beagle, sacude la cabeza y cruza la trampilla del mostrador para seguirles por la tienda. El chico sonríe al darse cuenta de que el perro les acompaña y su padre le tira de la mano, “no te entretengas”.

El niño agacha la cabeza y camina detrás de su padre. El beagle se detiene ante una cometa de color índigo, la olisquea y ladra para llamar la atención del pequeño. “Ésta, papá, quiero ésta”, susurra señalando la cometa frente a la que baila Aqilon.

—Buena elección —dice el tendero tomando la cometa que el chico le entrega. La inspecciona con cuidado sobre el mostrador, la pone bajo la lente de aumento y vuelve a la trastienda a buscar unas pinzas—. Déjame asegurar los nudos, para que no se te escape.

El padre mira la hora impaciente:

—Perdone, es que tenemos algo de prisa.

—Claro, claro —musita el anciano sin abandonar su labor—. ¿Tuvo usted una cometa cuando era niño?

—Vaya, pues sí, una que me hizo mi padre —sonríe al recordar los días radiantes de su infancia—. Una de tela amarilla y varillas de caña. Con una cola muy larga, llena de lazos que ató mi madre para que estuviera más bonita. Y un cordel para volarla, enrollado en un palo de madera. ¡Cómo volaba!

—Aún la tiene.

—No —los recuerdos se desvanecen—. No, se la llevó el viento.

El dependiente hace firme el último nudo y sonríe satisfecho.

—Aquí la tienes, cuídala.

—Gracias —responde el niño abrazándola—. La cuidaré.

El padre saca la cartera para pagar y el anciano niega con la cabeza.

—Tengo algo para usted —y se mete en la trastienda—. Aqilon la encontró perdida, es un buen perro. Por suerte, la he podido reparar justo a tiempo, volará bien con el viento adecuado.

Vuelve al mostrador con la cometa amarilla, la de varillas de caña y la cola muy larga. Al padre le tiemblan las manos al cogerla y acariciar los lazos que cuarenta años antes ató su madre con cuidado para que estuviera más bonita.

El humilde establecimiento se inunda de tardes claras de primavera, de olor a campo fresco, de voces infantiles, de papá enseñando a volar la cometa y mamá riendo a carcajadas, de lazos de colores en el aire, de ilusión, de inocencia, de días largos y años cortos.

Con un gesto torpe consigue sacar el móvil del bolsillo y hacer una llamada:

—Oye, cancela la reunión de esta tarde —no duda antes de seguir—. Voy con mi hijo a volar cometas.

La vieja campana sobre la puerta tintinea alegre al verlos marchar.

#palabrasalviento

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11 comentarios en “La Tienda de Cometas

  1. Oh, tienes que probarlo, esa sensación de triunfo cuando la cometa despega. Y verla volar…

    Siempre que descubro una cometa en el aire, me detengo a mirarla. Tienen algo especial.

    Un abrazo y viento favorable 😉

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