Una imagen vale más que…

Me cuenta Nuria que este post de los lunes es una inspiración, un entretenimiento y el borrador de nuevas historias. Así que en su honor, esta semana vuelve el reto de las 1000 500 100 50 palabras a este blog.

Photo by Pixabay on Pexels.com

«Las mariposas. ¿Te cuento un secreto? 

Durante mucho tiempo me sentí como una oruga, ahora intento conquistar mis alas.»

Te propongo escribir un {micro}cuento de 50 palabras exactas inspirado en esta imagen o en las palabras de Nuria.

Si 50 palabras se quedan cortas, puedes extenderte hasta un relato corto de 1000 palabras.

Como siempre, las mismas normas. Y el tema es libre.

> Responde a este post con tu {micro}cuento o relato corto.

> Puedes ponerle título…. y las palabras del título NO cuentan en las 50 del {micro}cuento.

> No se admiten textos ofensivos.

> No hay fecha límite. El post quedará abierto para comentarios, pero si quieres dejar de procrastinar y enfrentarte a la página en blanco, ponle tu propia fecha y cumple con el plazo.

Diviértete. ¡Feliz semana!

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Un comentario en “Una imagen vale más que…

  1. nuriaespert

    LA MARIPOSA SOÑADA
    Elia enjuagó los pinceles y volvió a contemplar su acuarela, el rostro de una niña le devolvió la mirada. El viento se adivinaba en el movimiento de sus largos cabellos y en el vuelo de las mariposas de alas blancas.
    Añadir mariposas en sus pinturas de acuarelas había llegado a ser una especie de marca personal. Las dibujaba volando en cielos luminosos y nublados, formando parte de la decoración como un simple detalle, posadas en el alfeizar de una ventana, perfiladas en telas de vestidos y cortinas, entre las flores de prados y jardines, cercanas o alejándose en busca de aires nuevos.
    Llevaba días dando vueltas a una idea. Encendió el reproductor y las notas de «Fly» de Ludovico Einaudi la envolvieron en su danza invisible. Abrió su bloc de bocetos y empezó a dibujar. Quería plasmar una mariposa soñada, su mariposa.
    El tiempo se deslizaba y la tarde daba paso a la noche mientras la música del álbum volvía a iniciarse. Elia cambió un poco de postura, dio un último retoque y sonrió satisfecha con el resultado. Había captado el momento preciso, la belleza de un instante, unas alas en movimiento sutiles y poderosas a la vez.
    Sentía afinidad con las mariposas, no buscaban conquistar un cielo ni acechaban con garras afiladas. Ellas alzaban el vuelo, inquietas, con ligereza, atrapando la mirada y Elia necesitaba hacer volar sus mundos imaginarios.
    Al día siguiente concertó cita en un estudio de tatuajes icónico en su ciudad. Deseaba que su sueño siguiera siendo una expresión de sí misma, arte y tinta, que la acompañara en el devenir de su vida.
    Sabía que el dolor estaría presente sin ser excesivo y valdría la pena.
    También sabía el sitio preciso donde tatuarla, en la nuca. Allí donde la suavidad de su pelo la arroparía, allí donde ella decidiría esconderla o dejarla ver al recogerse sus cabellos.
    El estudio estaba decorado con fotografías de tatuajes coloridos y espectaculares que parecían fundirse en la sensualidad de una curva, en el misterio de una piel que enmarcaba su trazado… Nada tenían que ver con la sencillez de su dibujo y estuvo tentada de desaparecer con cualquier excusa. La chica del mostrador notó su desazón y se acercó hasta ella con complicidad.
    —¿Es tu primer tatuaje?
    —Sí —respondió Elia, insegura.
    —Entra, deja que Sonia te explique el proceso y cuéntale tus dudas. Después decides sin problemas, a nada te obligas al hacerlo.
    Elia pasó a una habitación luminosa y funcional, un ambientador solapaba el olor a desinfectante. Sonia no le explicó mucho más de lo que ya ella había averiguado por Internet; sin embargo, supo transmitirle confianza y le mostró el funcionamiento de la máquina y las agujas que utilizaba.
    Elia le enseñó a Sonia el dibujo elegido. Ella mostró interés al verlo y le propuso comprarlo para el estudio.
    —No —respondió Elia sin dudarlo— es muy personal.
    —Lo entiendo —dijo Sonia con un leve encogimiento de hombros. Me lo imaginaba, no hay más que mirarlo. Una pena porque tiene algo especial, distinto, que gustaría mucho.
    —¡Gracias! Si quieres puedo dibujar otras mariposas.
    —¡Claro! Ya has visto en la entrada lo que hacemos. Si crees que un diseño nos puede interesar, ponte en contacto con nosotros, ya tienes el teléfono.
    Horas más tarde salió de allí con la nuca enrojecida y ligeramente hinchada, tapada con un apósito, pero con la sensación de sentirse acompañada por su mariposa soñada.
    La curación se alargó unas semanas. Elia, sin darse cuenta, adquirió el hábito de apoyar la mano en su nuca al estar concentrada, absorta o a la espera de que algo sucediera. Así se encontraba, sentada en una terraza tomando un café mientras dibujaba ensimismada, cuando se acercó a la mesa una persona que llevaba una cámara réflex con un gran objetivo.
    —¡Hola! ¿Puedo pedirte un favor?
    Elia lo miró sorprendida. Enseguida se fijo en sus manos de dedos alargados y en la franqueza que desprendían sus ojos castaños. Era alto y delgado, vestía ropa informal con un estilo propio, original. Se había quitado las gafas de sol para hablar con ella y la luz se reflejaba en las mechas más claras de su pelo.
    —Puede.
    —Me gustaría fotografiar tu mariposa.
    Elia se sintió amenazada, como si le hubiera pedido algo tan íntimo y personal como imposible.
    —¿Por qué? —contestó alzando la voz.
    Él notó su rechazo y estuvo a punto de decirle que le enamoraba su mariposa. Había metido la pata al ser tan directo. Enrojeció un poco y solo le dijo:
    —Siento haberte molestado, gracias de todas formas.
    Elia se dio cuenta de que podía haberla fotografiado sin pedirle permiso.
    —Aún no me has dicho el porqué.
    —Porque quiere ser libre —contestó Mario sin pensar.
    Elia no pudo evitar una sensación de calidez, ese extraño la había sorprendido acercándose a su alma. Con un gesto le indicó que se sentara.
    —Primero dime tu nombre, después ya veremos.
    Ese día hablaron de muchas cosas y de nada en especial. No hubo fotos ni intercambios de teléfonos, pero todo fluyó y se despidieron con la certeza de que volverían a verse.
    Y así fue, trazaron sus caminos enlazando un destino en común, sintiendo que sus sentimientos los envolvían con la fuerza de las mareas.
    Elia dejó atrás una soledad elegida y siguió dibujando mariposas en sus acuarelas. Cada mañana, daba gracias a la vida al despertar y encontrar a Mario a su lado.
    Mario nunca fotografió la mariposa de su nuca, se dio cuenta de que no conseguiría atrapar con píxeles la sensación que le transmitía. Prefería sentirla tras el espejo de sus ojos. La mariposa de Elia se mezclaba con el aroma de su piel y de sus cabellos, formaba parte de su esencia, se enredaba con sus emociones al amarla. A veces necesitaba percibirla oculta, reservada, inasible. Otras, descubrirla rodeada de las luces y las sombras de los días compartidos, bajo el beso de sus labios o de las caricias de sus dedos.

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